Recuerdo bien el cómo tus ojos se cerraron: giraste el rostro y te perdiste en la determinación de dar fin a todo, incluso a esto. Arrancaste el auto pisando el acelerador a fondo, sintiéndolo como si fuera mi rostro el que estaba siendo aplastado por tus botas, dejando en el camino la distancia creciendo a un ritmo en el que nuestros cuerpos intentaban alcanzar el lugar en que nuestras almas se encontraban ya desde hace algún tiempo: el vacío.
Se que te llevaste tan sólo la ropa que cargabas puesta, y que al dejar el resto de ella en el patio de atrás, remojándose en gasolina, con un puñado de cerillos al alcance de la mano –de mi mano–, no haces más que obligarme a darle fin a lo material, con la esperanza de que así también se incinere el resto.
Muchas veces me contaste que, si un día despertabas muerto, tu deseo era ser arrojado al mar en una balsa encendida; el fuego consumiría tu carne y así, en fuego se consumiría tu presencia en este mundo. Nunca pensaste que fuera bueno que el individuo trascendiera a su tiempo y a su espacio, puesto que, cuando lo recuerdan y lo mencionan, cuando lo visitan en su tumba, no hacen más que atarlo a ésta realidad donde uno existe mientras la idea de su existencia persista, mientras alguien tenga el anhelo de su regreso; sucede entonces –insistías– que quien debería estar en otro lado, sigue tan presente que, muy a su pesar, se va desgastando, mientras se desgastan también aquellos que jalan el otro lado de la cuerda de donde están sujetos. Tú querías irte y punto. Que no se dijera nada más; unas cuantas palabras, un adiós y el olvido: ser libre tú del mundo y el mundo de ti, sencillamente.
Nunca estuve de acuerdo contigo en una sola palabra, pero respeté tu idea hasta el punto en que, en ésta situación en que me dejas: ante este bulto de recuerdos que es tu ropa, ansío verlo cual si fuera tu cuerpo, y quiero pensar que tu sangre y mis lágrimas son lo que ahora encenderán intensamente tu recuerdo, tu paso en esta casa, en ésta que es mi vida. El fuego intentará quemar incluso el sexo que tuvimos y los restos de esperma que queden dentro de mí, tras los intentos en que quisimos llevarle la contra a tus ideas buscando dejar parte de nosotros, una semilla, para que trascendiera nuestro tiempo y nuestro espacio. Pero fue infecundo todo: los intentos, nuestra pasión y el sexo, ése que fue abandonándose poco a poco, a la vez que crecía en ti –y en mí, siendo sinceros– el vacío de mi estómago que no crecía, de mi matriz que no albergaba nada.
Te diste cuenta de tu error: en alguno de los pasos te falló el cálculo y la vida que planeabas se fue convirtiendo en días acumulándose, en horas que se iban… como se iban, también, alejando nuestras almas. Un día abrimos lo ojos y ni uno ni el otro estaba al otro lado de la cama; estaban tan sólo dos desconocidos.
Tomando los cerillos, camino en torno al bulto que es tu ropa y me despido de tu camisa azul, aquella a la que le arranqué dos botones al desnudarte un día para hacerte el amor mientras tu –lo sé– me veías cual si fuera otra; con el mismo cuerpo y el mismo rostro, sí, con las mismas ansias de tenerte dentro, pero viendo en mí un reflejo de la mujer que tú soñaste. Inexorablemente despertaste; el cristal roto te rasgó de los ojos el velo tras el cual me imaginabas. Te diste cuenta de la verdad y no pudiste resistirla. Hoy lo sé.
Al quemar en esta tarde lo que para mí ha sido tu vida, dejas sembrado el deseo de quemar a ese que fuiste conmigo y desvanecerlo. Lo que quieres es despertar un día realmente de cero, como si la vida comenzara, no tener ni un sólo recuerdo, ni que te recuerden, para no estar atado a otra vida donde no fuiste feliz. Si un día llegas a ser feliz y logras encontrar a una mujer que alcance a ser lo que proyectas, entonces querrás trascender. Lo sé: lo más profundo en tus ideas fue siempre el deseo de encontrar quién te probara que valía la pena lo contrario. Lamento no haber sido yo; lamento encender este fuego.
No se si tú lamentes que me muera. No sé si mi vida en sí, sea parte de lo que buscas olvidar. Ignoro si lo lamentarías, al enterarte de que me he encendido viva, portando tus boxers y tu camisa azul, y que me he dejado morir en el mismo patio donde tú me prometiste todo. No se qué esperar, si me recuerdas me atarás a éste plano de existencia y te desgastarás lentamente, al punto en que desgastada me has dejado el alma.
No leerás ésta carta. Sólo sabrás de mí, si en algún momento frenas el auto y volteas hasta donde yo aun me encuentro discretamente de pie, olvidándome de mí misma.
…
…
Parece ser que tu cuerpo y mi cuerpo llegaron ya a la distancia existente entre nuestras almas. Parece ser que cuando se tiene un dolor como el que tengo, la piel ardiendo es sólo una sensación capaz de ser ignorada. Pero, ¿sabes? tu camisa y mi piel se deshacen con las llamas y forman una capa débil de lo que ahora recubre las cenizas de lo que fue mi cuerpo, mientras éste se consume.
Nadie oirá mis gritos. ¿Quién encontrará mi cuerpo? ¿Quién irá a llorarme? ¿Quién rezará por mí? …la piel ardiendo es sólo una sensación… capaz de ser ignorada.
Eduardo Perezchica || 29 de marzo de 2006
[…] fuego, el cual leyeron anteriormente aquí, […]