Soy de los que han llorado ante la muerte, llorando por sí mismos; por toda su sangre sin derramar que, aún contenida, es capaz de doler en partes específicas del cuerpo y, en realidad, ningún lado cierto.
Soy de los que no han aprendido a lidiarla, ni con todas las cruces y el carmesí que rellena noticieros y periódicos, no he(mos) aprehendido a saberla tan real ni cuando la tenemos ante los ojos, o en un cadáver descansando en nuestros brazos.
Soy de los que lloran como acto reflejo al llanto de los otros que logran desconsolarse verídicamente, que nos convertimos por decisión o azar en hombros y brazos para envolverles, hacer de cuencos para sus lágrimas abundantes, escuchar sollozos y lamentos para responderles con frases hechas, voz serena y pausada, porque seremos los árboles huecos que habrán de sujetarles.
Soy de los que escriben un poema que se vuelve mentira ante una fosa y un ataúd, de los que se llenan de lágrimas y sudor -como todos-. Al final no soy quien creía.
No está mi pedazo de poema
lo excluiste…
No era un cadáver exquisito. Además, aún lo conservo.