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II

Otra vez, tomo la pluma y escribo, porque ayer no pude, tenía tantas cosas en la mente de las que no quería escribir, de las que preferiría ni pensar.

Se va llenando el camión en el parque industrial y decido mejor dejarlo, este día siento pena, no porque me dé vergüenza, sino porque si alguien me mira y pregunta –o se pregunta–, pues ¿pa’ qué?, de todos modos no quiero, si me obligo a usar la pluma hablaría de cosas de las que no quiero hablar, cosas que ni al caso.

Eduardo Perezchica || Consultar referencia

 


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I

A ver si ahorita, más al rato, mientras espero, tengo chance de escribir, pa’ llorar un poco, en silencio. El silencio va más allá del ruido, es una forma de vida, para pasar de incógnito en el desfile de máscaras. Eso es la vida a veces, por eso se siente vergüenza cuando se ve por debajo de un antifaz, se siente culpa por vulnerar la vida ajena en sus secretos, se siente pena por saber que no todo son sonrisas mientras se vive la gran fiesta, se siente alivio por saber que no somos sólo nosotros.

Me perdí un poquito, se me van ideas, voy a parar un poco, pa’ no sentir la angustia de tener una hoja en blanco.

A ver si ya, el entretanto me brinda aire pa’ sacarme el humo del camión de los pulmones. Me siento raro cuando hablo por muchos y sólo yo firmo, pero… ¿qué no? guardo a tantos adentro, reprimidos, negándolos. No somos tanto lo que parecemos como lo que mantenemos oculto, porque no somos lo que contamos, somos nuestros secretos. El alma está llena de sangre, llanto, recuerdos de ayer; por eso el alma cambia mucho antes de que nos demos cuenta, cambia cada día, pero somos ciegos, somos tan sordos que no nos oímos ni a nosotros mismos.

Escribir de nuevo en papel es distinto, porque es toda mi oralidad la que sale, cada palabra soy yo pues no traigo un diccionario de sinónimos y antónimos a la mano, sólo describo las imágenes que se me vienen a la mente lo mejor que puedo.

Esos que pasan en su carro y se me quedan viendo con el cuaderno en la mano, ¿Sabrán que escribo? ¿Sabrán qué escribo? ¿Se me notará en el rostro, en los ojos? ¿O será que piensan que yo también me callo a mí mismo lo que pienso, lo que de veras pienso? Quizá estoy mal creyendo que nada más yo y los que conozco, escribimos, pero eso pienso ahorita mismo, es como toda verdad universal –siendo consciente de que el universo es más pequeño de lo que pensamos, lo que pasa es que crece, con cada idea se expande–. Las verdades universales sólo son aplicables en el universo en que fueron concebidas, si fuera de éste sirven de algo, no es más que casualidad.

Releo lo que llevo. Si fuera otro día ya me habría arrepentido de dos o tres cosas, pero hoy quiero ser sincero. Sincero como un perro que muerde la mano del amo cuando éste lo golpea de nuevo y se le juntan todos los golpes al perro de una vez y olvida que ese que lo golpea también le da de comer. Un perro es un animal, una bestia, no fue borrado eso de su interior por siglos de domesticación. Nosotros, yo mismo, soy un animal, una bestia, lo traigo en el fondo y aflora de repente, los milenios de civilización no lo han borrado. Nos hemos domesticado muy bien, cada día aprendemos nuevas suertes para quedar bien con nuestro amo, pensando que ese amo somos nosotros mismos, y sí, en parte, pero no del todo.

Eduardo Perezchica || Consultar referencia


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Hola queridos 5 lectores. Este post es para avisarles que en los siguientes días publicaré (osea, postearé) una serie de “escritos” que datan de septiembre de 2004 y que nacieron con la intencionalidad de escribir lo que fuera saliendo. Algo así como aquello que se planteaba que eran los blogs -cuando no conocía de la existencia de éstos-, pero que ahora ha degenerado hacia receptáculos de nuestras manías y pretensiones… en fin. El caso es que uno a uno se irán publicando los Momentos de Introspección, en el orden en que nacieron, aunque casi 3 años después de que se plasmaron en papel. He ahí otro detalle importante, se escribieron directamente en papel y se transcribieron respetando la versión original. Lo de escribir directamente en papel había estado siendo entonces inusual y recientemente regresa este afán, pero esporádicamente.Bueno, espero sus comentarios conforme vayan saliendo.

Saludines, mis queridos 5 lectores.

Atte. Eduardo Perezchica


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El relato que aquí pueden leer aparecerá publicado el próximo domingo 25 de febrero en el suplemento escenario [cine + cultura] de La Voz de la Frontera. Aprovecho para decirles que los Britneyks estaremos publicando en éste espacio con frecuencia, así que ya saben: los blogs no sustituyen a los medios impresos, tan sólo los complementan (y, claro está, ayudan a su renovación). Entonces, leed::

————

(“Barullo“, a partir de “Into the Fray” de kappuru)

Cuando desperté, vi todo un poco confuso y algo borroso, entonces esperé un segundo para tomar consciencia del día en que estaba. Me decidí por levantarme y caminar por el techo de mi casa, salir por la ventana y ver el sol que se estaba marchando, del cual sólo quedaba la sombra –que es en realidad un resplandor en el horizonte–. Me quedé esperando un poco más para dejar que se fuera por completo, para ver lo que quedaba del atardecer y ver cómo se iban asomando una a una las estrellas en el cielo oscurecido.

Ya que el cielo estaba más firme, es decir, que se encontraba endurecido por un negro intenso que lo recubría, opté por emprender una tranquila caminata a través de él. Seguía un sendero errante, esquivando las nubes al cruzar entre ellas, porque éstas son como charcos y mis pies descalzos son sensibles al frío de la noche. También de vez en vez pateaba una estrella, como cualesquier piedra con la que me hubiese topado antes, sólo que éstas no se iban muy lejos y, al moverse, con frecuencia arrastraban a otras consigo.

 

Luego de caminar un tramo considerable, llegué hasta donde se encontraba la luna, rodeada en su mayor parte por una gran nube que hacía las veces de laguna, para la cual la luna vendría siendo un pequeño arrecife contra el que chocaban algunas gotas de noche que me humedecían mientras yo permanecía recostado en ella, descansando y admirando el mundo, iluminado en sus ciudades. Veía cómo se prendían y apagaban luces allá abajo, veía cómo, poco a poco, al hacerse un poco más tarde, se iban quedando más a oscuras. De música de fondo se escuchaba un poco de Los Doors, Raiders on the storm para ser más precisos; luego, The End.

 

Tras estar ahí un tiempo, me incorporé para tomar algunas estrellas, arrancarlas de las otras a las que estaban enlazadas, y jugar a chocar unas con otras, a producir pequeños destellos para iluminar los instantes. Esos destellos provocaban que la luna brillara intensamente, aunque se apagara de inmediato. Ya que algunas se encendían, las arrojaba lo más lejos de mí para que se fueran apagando en el trayecto y, así, iluminarle el rostro a alguien allá abajo haciéndole creer que un deseo le seria cumplido. Bueno, en realidad no se si esos deseos se cumplan o no, ¿qué se yo de esas cosas? sólo sé que algunos astrónomos se habrán sorprendido de ver una lluvia de estrellas que nadie esperaba. Quisiera haber visto sus rostros.

 

Ya era tarde, pronto saldría el sol y me estaba dando sueño, pero como mi casa estaba algo lejos, decidí recostarme ahí mismo, junto a la luna, para dormir cerca de su calor y no pasar fríos. Lentamente, fui cerrando los ojos perdiéndome en el ensueño.

 

»»»»»»–……–««««««

 

Estando ahí, soñé que abría mis ojos en un lugar bastante raro, en el que no había estrellas, en el que no se escuchaba nada más allá que la gente haciendo barullo con sus vidas cotidianas, y en el que no se podía caminar por el techo ni en el cielo: un lugar que te obligaba a cerrar un poco los ojos, que te obligaba a caminar con los pies en la tierra, que, en fin, te obligaba a despertar a una realidad en la que postergabas las cosas que querías hacer. Después de pasar todo el sueño así, sin idea de qué estaba pasando, haciendo cosas que no tenían sentido: al ver que el sol se estaba metiendo, recuerdo ir corriendo hasta mi habitación para encerrarme –con la ventana abierta– y esperar a que todo acabara. Poco a poco, preocupado y temeroso de que esto se pudiera extender más tiempo, voy perdiendo la consciencia de mí mismo.

»»»»»»–……–««««««

 

 

Cuando desperté, volví a respirar, inhalé aire como si me faltara oxigenarme desde hace mucho y, sin esperar más, salté de la cama para ver si todo seguía igual a como lo recordaba. Sentí un poco de miedo al principio, pero resolví dar el primer paso sobre el techo para ver si algo pasaba, luego el segundo para darme tranquilidad, y los sucesivos pasos fueron para continuar viviendo.

Eduardo Perezchica

13 y 14 de julio de 2005


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Me voy guardando la furia en un bolso de lana que se prende con cada fricción, pero sólo por dentro: acá afuera nadie se da cuenta, ni yo mismo soy consciente a veces de la flama que cargo a menudo, velando los días en espera del momento propicio.

Me voy guardando el dolor en un vaso desechable, que se va llenando muy lento, pero que hoy –siempre es hoy– está apunto de derramarse.

(el ojo del dolor, “obra” derivada a partir de “dolor” de Walala Pancho)

Todo tiene una explicación congruente con mis manías y fijaciones. En el momento que quiera, quizá sin esperarme, podré romper este vaso de un golpe de esos que suelen darme los días, y empezaré a disfrutar de la sangre y de las lágrimas que el tiempo ha ido juntando en mi cabeza, desde mi nuca hasta mis sienes, para que por fin se derramen en el pecho que debió haberlos sentido cada uno a su momento.

Y el fuego, éste que cargo conmigo todos los días en un bolso de lana, es una fuerza que no alcanzo a comprender todavía, algo a lo que le temo pues no puedo controlarlo. Podría decir que es un hilo largo, rojo, que recorre mi espina dorsal e, incluso, mis extremidades; que da tirones frecuentes los días húmedos en mis articulaciones y que me produce una comezón, un cosquilleo aversivo al interior de mi cuerpo; que me trae días muy malos en que no estoy de humor para nada. Sí, podría decir que es ese hilo que me recorre por dentro, del cual mi temor más grande es una duda: ¿qué será de mí el día que alguien tire por completo del hilo y provoque que todo él se salga? ¿Será que entonces seré libre de ese fuego, al fin? ¿O será que comenzará a consumirme por completo?

Otras veces, he llegado a pensar que es mi espina dorsal una rama que se extiende internamente, de la cual cuelgan todos y cada uno de mis momentos tristes: los de furia y dolor, como frutos oscuros que van creciendo a costa de mi cordura y mi salud; como flores de hojas afiladas que se despegan y cortan mi carne mientras caen, dejando llagas que necesitan bálsamos extraños para curarse, llagas que duelen a menudo con cada toque sutil sobre la piel sensible. Siento también, que el día no escrito en que el tronco al que está unida esta rama –es decir, mi mente– reciba un fuerte golpe que lo sacuda hasta sus raíces, ése día todos los frutos que de ella cuelgan se desprenderán para rodearme y pudrirse en derredor mío. No sé bien, si eso significará un respiro…

Eduardo Perezchica || 2 de julio de 2005


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lo inevitable…

(tiempo, por: jikido-san)

“Señorita Estévez, en nombre de la moral, le suplico a usted que no incite a las pasiones, a los apetitos desordenados e incluso a la considerción mental de posibles ligeros toqueteos.”*

Sobre todo conociéndo la facilidad con que tomo una señal perdida y la convierto en ruta y motivo del cual asirme para lo inevitable. No me pregunte, por favor, a qué me refiero con lo inevitable. Lo inevitable es aquello que deseo tan vehementemente, pero que niego en el fondo. Lo inevitable es lo que me sucede, sin pensarlo, sin planearlo, cuando encuentro motivaciones como las que ahora me da usted, señorita Estévez. Por eso le pido de nuevo que no me mire, que no me toque, que se resista de ser como naturalmente es: coqueta. Es más, le pido que me permita despedirme y no, no ponga esa cara, no es usted, soy yo el que debe marcharse pues no es propio estar así, a ésta distancia y no hacer nada. Pero, debemos admitirlo, señorita Estévez, soy un hombre de bien ante la gente y aquí hay gente, debo seguir siéndolo. Además, no es que sea algo tan significativo para mí, seré sincero, pero el hecho de ser un par de desconocidos que han cruzado la mirada en el autobús y que guardan una distancia de años considerable -diremos que soy yo el mayor-, es algo que afecta, en verdad. Bueno, pese a que mantengo la esperanza de volverla a ver un día, soy también lo suficientemente realista como para aceptar lo ievitable de un adiós, aún más cuando no alcancé a ver su rostro, señorita Estévez, y me será difícil reconocerle la siguiente vez. Con la esperanza perenne, la estaré buscando todas y cada una de las veces. Hasta nunca, señorita Estévez. Me voy que se me hace tarde.

Eduardo Perezchica, diciembre 2006.

* Camilo José Cela, El Óbito de Don Teobaldo.

El presente relato nace a partir del Meme del libro y la frase,
aunque no seguí las reglas, pero nace con las siguientes instrucciones:

1. Coge el libro de literatura más cercano que tengas. ¡No busques el mejor libro que puedas encontrar, coge el más cercano!
2. Abre el libro por la página 66.
3. Busca la sexta frase o párrafo.
4. Sorpréndete!
5. Postea, junto con estas instrucciones, el texto en tu blog: “por ejemplo, aquí puedes sustituir la frase
6. Detectamos tu post dejando este enlace: http://www.sky4you.org/wordpress.
7. Publicamos un enlace a tu post aquí:

¿Quién se anima a seguir éste meme?


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Crisálida


Introdujo sus dedos: pulgar, índice y anular, en los tres orificios de su espalda. Lo sujetó bien para poder levantarlo y, al hacerlo, lo sacudió levemente para quitarle un poco el polvo y para terminarlo de escurrir. Giró la muñeca alcanzando a verle el rostro inexpresivo, y con un dedo le levantó el cráneo desde el mentón para examinar uno y otro lado de su cara, pero nada. Lo apoyó sobre la palma de su mano, dejó que el peso de su cabeza le recayera en la nuca y así vería si en el cuello aún le quedaban marcas, pero nada, ninguna. Lentamente sacó sus dedos, lo recostó boca abajo sobre la palma de su mano izquierda, para con la mano derecha poder tomarle de una de sus alas, con los dedos índice y pulgar, delicadamente. Y lo mismo después, sosteniéndolo de ambas alas, cual si fuera una mariposa; una mariposa gris, por cierto. Las alas extendidas, su cabeza y sus extremidades flojas y sueltas, contoneándose con el aire y al vaivén de sus dedos.


Tras observarlo detenidamente, de espaldas y de frente, lo levanta acercándolo a la lámpara para así averiguar si a contraluz se distinguían las venas, pero difícilmente lograría hacerlo a simple vista, pues ya ni sangre circulaba. Al bajarlo, notó sobre sí lo que le pareció una gota de sangre: buscó en él para saber su origen. En los pies de aquello aún quedaban dos o tres gotas casi secas, de un color rojo severamente oscuro que, después de tanto tiempo y de los procedimientos, no era nada de extrañar.Para guardarlo, le dobla sus alas con las que lo envolverá en sí mismo. Su ala derecha le abrigaba el pecho y le rodeaba el rostro, su ala izquierda le circundaba el torso y le cubría hasta los glúteos. Una vez así, lo empapa en un bálsamo a base de formol y vitaminas, con la intención de conservarlo de la mejor manera. Después de esto, lo deposita en un frasco con los pies adheridos a la tapadera, la cual, además, tenía unas perforaciones que permitirían que le entrara aire. Cerrado el frasco, lo coloca cerca de la ventana para que por las mañanas le pegara un poquito de luz y de calor del sol. Lo dejó ahí unos cuantos días. Luego, cuando lo buscó, lo único que encontró fue una crisálida.

º×××׺


Por fin podría saber, en muy poco tiempo, cuál era la procedencia de ese pequeño ser alado al que descubrió siguiéndolo, y al cual atrapó un día, sin planearlo, mientras éste (pobre desconocedor de la condición humana) se posaba a descansar en uno de sus hombros y se disponía a darle consejos que él nunca escuchó.

Eduardo Perezchica
(18 de enero de 2004)



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Hace más de un año, para ser precisos el 8 de julio del 2005 -de madrugada- redacté el escrito que agrego más adelante luego de volver de Pto Peñasco y de vivir algunas cosas que necesitaba vaciar “en el papel” -o, como es mi caso, en las páginas blanquísimas del Word-. Sucedió que fue un texto bastante sencillo, pero sincero, como trato de hacerlo siempre, tan sólo que ésta vez me sirvió bastante para asentar algunas cosas en mi entonces revuelta cabeza.

Uno puede decir algo mil veces, repetirlo hasta que las palabras pierdan sentido. Sin embargo, es necesario que uno platique sobre aquello que nos ronda la lengua, la mente y el corazón a veces, pero que pocas veces se conjugan las tres vísceras para darle orden a todo: uno necesita platicar con uno mismo -y prestarse la atención debida- para poder hacerse consciente de ello y, quizá, entonces hacer algo para propiciar lo que sea preciso: un cambio, un acto, un pensamiento, dejar ataduras… o aferrarse a algo, lo que sea, con tal de obtener lo que realmente queremos. Por eso reitero la necesidad de platicar con uno mismo para hacer consciencia de lo que está pasando, pues, como lo dije hace exactamente un año: No siempre somos conscientes de nosotros mismos.

Los dejo entonces con el escrito ya mencionado:

La luna aún no llega

(Foto: Ninoshima 似島, por: Kamoda)

Entro caminando al mar a eso de las ocho de la noche. El sol se está marchando ya y va dejando un reflejo largo en el agua que me rodea, pienso que es un poco de calor y me baño en él como en el vientre de una madre. Me adentro lentamente –aunque no tanto–, me hinco sobre la arena para sumergir la mitad de mi cuerpo en la sal del agua y pienso que hoy todo es distinto, que estaré tranquilo aquí, en tanto sale la luna que, según me dijeron, se verá hermosa. Me sumerjo un poco más para mojar también mi pecho y mi cabeza con la sal del mar. Me dejo flotar un poco para sentir la serenidad de la marea que no avisa que se está marchando, mi cuerpo es como un tronco y los minutos parecen ser más de lo que en realidad son.

La luna aún no llega… y el mar se vuelve oscuro, casi no puedo ver ya a través del agua, tan sólo logro ver mi propia silueta. Y saber que a mi espalda, un poco lejos –aunque no tanto– se encuentra la playa y que, frente a mí, el mar se abre mostrándose calmo y gentil, como una tumba donde alguien –no yo– quisiera morir de viejo.

La luna aún no llega, el cielo comienza a mostrarse manchado de estrellas brillantes entre las que reconozco a Venus, a pesar de que me desconozco a mí mismo; la semilla de la duda ha sido sembrada en mí y he escogido al mar como catalizador para evitarme confusiones que puedan romper el poco equilibrio que en mí queda. No busco evadir, sino postergar para un momento más apropiado, para un momento en que la duda sea alimentada por el hambre y no por el miedo del desconcierto.

En uno de estos momentos en que me encuentro dando vueltas sobre mí mismo, entra con la sal del agua la nostalgia recordándome una necesidad que se ha estado haciendo presente conforme veo las cicatrices sanas de mi pecho. Comienzo a preguntarme; merodea en mí una necesidad. Mi pregunta se convierte en canción que entono abiertamente para mí tan sólo: ¿Dónde está la luna que me prometieron que vendría a alumbrar mis noches en el mar? Me quedo cantando y, mojado, se va secando en mi interior la pequeña flama que llegó encendida.

Y, sabiendo que la luna, si es que llega, vendrá más tarde, salgo del agua y me recuesto a la orilla del mar para pensar en que no quiero pensar en ello, pero lo pienso. Pienso en las ausencias, y ya no pienso en nombres ni en rostros como respuestas, pienso en una búsqueda como una opción viable para todo, incluso esto.

(Foto por: Inocuo)

Eduardo Perezchica


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Ubícate un día del 2016

 

Me levanto como a eso de las 7:30 para ir a dar la clase de las 9. Saliendo de ahí me dirijo a la oficina para trabajar con el nuevo proyecto de educación en pastillitas de sabores: todo va bien, sólo que las de menta saben a jamaica y las matemáticas euclidianas carecen de proteínas.Por ahí del mediodía voy a una junta importante donde yo y el presidente platicamos algunas cosas de la pobreza y de cómo ésta no nos afecta desde hace algunos años gracias a que ésta fue abolida. Ahora se llaman poco-ricos en lugar de pobres.

 

Al terminar mi segunda ración de pechuga a la sidra no dejo de notar cómo, en la mesa de al lado, unas muchachas voltean hasta nuestra mesa. “de seguro quieren mi autógrafo” dice el señor presidente, “vamos, no te engañes” le digo, “tu y yo sabemos que ser presidente ya no impone… querías democracia, ¿no?”.

 

En la tarde, tras dejar un poco meditabundo al tipo, regresé a mi mansión a leer libros sobre la pobreza (están en el estante de ciencia ficción).

Eduardo Perezchica,
un día en la clase de Teoría y Dinámica de Grupos.


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